Emociones

La cultura occidental se ha pasado los últimos 2000 años afirmando que solo la inteligencia y la razón eran de fiar, que las emociones eran peligrosas, que para crecer como seres humanos la razón era la única guía; sin embargo, en los últimos 20 años, se ha generado una corriente de opinión, cada vez más potente, que nos dice lo contrario, que las emociones están en el inicio de nuestros impulsos hacia la acción, que sin ellas no se puede vivir ni decidir. La pregunta es obvia ¿Por qué este cambio? ¿Es una moda más que pasará en unos años o es un descubrimiento importante que nos debe llevar a cambiar nuestra forma de percibir  y de gestionar nuestras emociones y con ello nuestra vida? Con los conocimientos que tenemos actualmente, podemos afirmar que no es una moda pasajera y si un cambio, en la percepción de la importancia de las emociones en la vida de los seres humanos. La cultura como componente importante en el cambio y supervivencia del ser humano siempre las ha tenido en cuenta, aunque no siempre les ha dado su justo protagonismo. Actualmente estamos empezando a descubrir su importancia y a ponerlas en el lugar que se merecen, siendo así que están empezando a formar parte de la educación de nuestros niños y jóvenes.

 Este protagonismo, esta importancia que están consiguiendo la podemos ver en los medios de comunicación en el lenguaje cotidiano, etc. Veamos algunos ejemplos, para hacernos una idea de la importancia de la que hablamos:  La publicidad a cualquier nivel (televisión, radio, paneles, periódicos…) es un ejemplo claro, la realidad de la publicidad actual es trabajar las emociones, porque todo lo que permite crear vínculos emocionales con los clientes hace diferente ese producto. La publicidad emocional es más efectiva que la publicidad basada en razonamientos, en la lógica de la compra, además, esta publicidad suele apelar principalmente a emociones de tipo positivo, como la alegría, la ilusión, la felicidad, y nos prometen que todo esto se conseguirá utilizando determinados productos. Y que decir de Internet, solo por curiosidad les propongo a los lectores que tecleen la palabra “emoción” en el buscador  Google. ¿Y en nuestro lenguaje cotidiano?  Si tomamos el Diccionario y contásemos las palabras que, solo con la letra “A”, tienen relación con la emoción, encontraremos bastantes más de las que pensamos. Lo curioso del lenguaje es, que en el lenguaje común, hay más cantidad y variedad de nombres para referirse a las emociones desagradables que a las agradables (según W. Wundt), la proporción entre los conceptos negati­vos y los positivos es aproximadamente de 62 frente a 38. Averill hace notar que esta preferencia en el lenguaje por las palabras negativas se refiere exclusivamente a emociones, es decir, no es algo característico del lenguaje en general que afecte igualmente a otros ámbitos de la experiencia.

Como podemos intuir, por lo expuesto hasta ahora, las emociones no solo están de moda, sino que son mucho más que una moda. Sin ellas, posiblemente no existiríamos, no habríamos sobrevivido, seriamos una especie más, que pasó por el planeta Tierra y se extinguió hace millones de años, porque ellas han sido nuestras guías para sobrevivir como especie, ellas son las que nos han ayudado a adaptarnos a nuestro entorno y llegar hasta donde hemos llegado. Son nuestras compañeras de viaje desde el momento de nuestro nacimiento hasta que exhalamos el último suspiro.  Están en el inicio de nuestros impulsos hacia la acción, de modo que son una parte importante de nuestra conducta, y nos ayudan a transmitir cómo nos sentimos, facilitan la comunicación, determinan nuestra manera de percibir el entorno y nos ponen en contacto con nuestras necesidades y en nuestro día a día, nos hacen sentir, vibrar, actuar, reír, llorar… en resumen: VIVIR.

Las más antiguas, la ira, el miedo y el asco se remontan a 500 millones de años. Los primeros animales ya las tenían porque son sistemas inteligentes que permiten tomar decisiones de forma inmediata, sin pensar. Las emociones actúan como un motor para nosotros y nos mueven a todos los niveles: fisiológico, conductual y de sentimientos (por ejemplo, si cruzando, oímos un frenazo, el corazón se acelera, el rostro se tensa y sentimos miedo o nervios). Desde la ira y el miedo hasta los celos o la vergüenza ajena hay un enorme abanico de emociones, algunas universales innatas y que son lenguaje universal. Por ejemplo se mueven los mismos músculos cuando una persona en cualquier lugar del mundo ríe de forma sincera (Paul Ekman) y con el miedo o el asco pasa igual.

Cabria que cada uno nos preguntásemos: Las decisiones importantes en la vida ¿Con que las tomamos, con el corazón o con la razón? Son las emociones, afirman los psicólogos, las que nos permiten tomar las decisiones importantes, afrontar situaciones demasiado difíciles, el riesgo, las pérdidas irreparables, la persistencia en el logro de un objetivo a pesar de las frustraciones, la relación de pareja, la creación de una familia, etcétera.  Cada emoción nos predispone de un modo diferente a la acción; cada una de ellas nos señala una dirección que, en el pasado, nos permitió resolver adecuadamente los desafíos a que se ha visto sometida la especie  humana. Aprender a gestionarlas  es vital para llevar una vida equilibrada, para mejorar las relaciones con uno mismo y con los demás, para crecer individual y colectivamente.

 Actualmente hemos comprendido que la cultura occidental ha  sobrevalorado la importancia de los aspectos puramente racionales (de todo lo que mide el Cociente Intelectual) para la existencia humana y muy poco ha tenido en cuenta nuestro Cociente Emocional. Sin embargo esto está cambiando y cada día que pasa se tienen mas en cuenta las emociones. Hace poco escuche, a un Responsable de RR.HH, una frase demoledora sobre esta situación: “Nuestras empresas contratan a las personas por su alto Cociente Intelectual y les despiden por su bajo Cociente Emocional”.

Las emociones en la vida de las personas determinantes y cumplen, básicamente, cuatro funciones principales:

  •  Función adaptativa: Preparan al organismo para la acción.
  •  Función social: Comunican nuestro estado de ánimo.
  •  Función motivacional: instigan o facilitan la realización de conductas motivadas.
  •  Función ética:son básicas para que los valores para la convivencia puedan ser asumidos.

Parece lógico, por tanto, que dediquemos parte de nuestro tiempo a conocerlas, para conocernos; a gestionarlas, para gestionarnos; a disfrutarlas, para disfrutarnos. Aunque parezca una tarea fácil, no lo es, dado que para ello lo primero es aprender a fijar nuestra atención en nuestro interior y ser capaces de desentendernos de todo lo que nos rodea y nos impide ese ejercicio de introspección. Estamos acostumbrados a mirar hacia fuera, hacia el mundo que nos rodea, hacia estímulos externos, pero no hacia dentro de nosotros mismos. Nos cuesta pararnos y echar una mirada en nuestro interior. Igualmente podríamos decir que tenemos poca práctica en identificar las emociones y a menudo las confundimos o tergiversamos, especialmente algunas como el dolor nos cuesta reconocerlo. Hay más tendencia a buscar culpables, a irritarse o evadirse, que a admitir que tenemos el corazón roto. La envidia es otro ejemplo, descalificamos al otro antes de reconocer que nos gustaría estar en su situación. Otro punto de atención importante es el de ser capaces de mostrar nuestras emociones, que tantas veces ocultamos por intereses egoístas, culturales, sociales, etc. No hay más que recordar una frase hasta hace poco muy popular “Los hombres no lloran”, para darnos cuenta del daño que nos hemos hecho como seres emocionales.  Expresarlas tiene dos finalidades, por un lado, al expresarlas, sentirlas, es más fácil ser conscientes de ellas y por otro es mas fácil que los demás las perciban.

 Si importante es mostrarlas, no lo es menos “saber por qué nos pasa lo que nos pasa”  y para eso, también, como no, se necesita tiempo y mirada interior. Finalmente, este ejercicio de introspección se quedaría incompleto si no fuésemos capaces de regularlas, es decir expresarlas “sin desbordar los límites propios y ajenos. Hay que saber acogerlas y elaborarlas, aplicarles los ungüentos que nos ayudan a sanarlas”. Parece difícil hallar el equilibrio perfecto entre mostrar y regular. Cada persona debemos encontrar el nuestro, según la situación y las circunstancias que nos rodeen. Conocerlas, expresarlas, gestionarlas… nos hará madurar emocionalmente, lo que implica armonizar nuestro abanico emocional, desacondicionando malos hábitos, adquiriendo emociones nuevas y manejando las de siempre. Conlleva también humanizarnos plenamente, es decir, sentirnos parte de la humanidad. En definitiva, mejorar como personas.

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