OCHO MANERAS DE MANTENER LA PRÁCTICA DEL MINDFULNESS

Aprender la práctica formal de mindfulness es relativamente sencillo, pero mantenerla en el tiempo no lo es. Es fácil frustrarse, pensar que no lo estamos haciendo del modo correcto o preguntarse si realmente merece la pena. Por ello el compromiso y la perseverancia son fundamentales.

Trabajar el mindfulness es comparable al desarrollo de la forma física y que se puede plantear con diferentes niveles de intensidad. La analogía se mantiene también de otro modo: a veces es complicado engancharse a una rutina de ejercicios, pues hay días en que un entrenamiento puede antojarse muy difícil, y hay otros días en que el mismo entrenamiento se realiza sin apenas esfuerzo. Pero aunque los entrenamientos sean fáciles o difíciles, estamos seguros de que nuestro cuerpo está poniéndose más en forma cada vez que hacemos ejercicio físico.

En la práctica del mindfulness nos puede pasar algo parecido por lo que es necesario tener claro que solo la práctica continuada, del día a día, nos puede llevar a convertirla en una fuente de bienestar en nuestra vida.

Conviértela en un hábito:

  • Al igual que lavarse los dientes, haz que la meditación sea una parte de tu rutina diaria.
  • Decide qué momento del día es el más conveniente: a primera hora o en algún momento de la tarde (o ambos) suelen ser buenas elecciones y añádelo a tu agenda.
  • No te preocupes si no tienes ganas ¡Simplemente hazlo!

Ni demasiado larga ni demasiado corta

  • Elige un período de tiempo para la práctica formal que sea suficientemente largo para que la mente se asiente, pero que no sea tan extenso que te resulte difícil integrarlo como una parte habitual de tu vida.
  • Para la mayoría de las personas, algo entre 15 y 45 minutos al día es lo correcto. Pero si únicamente puedes hacerlo durante 5 o 10 minutos, es mejor que nada.
  • Tal vez sea bueno empezar con poco e ir alargando gradualmente la duración de la práctica conforme vayas ganando confianza y experiencia.

Crea un espacio sagrado

  • Tal vez no puedas permitirte el lujo de reservar una habitación entera para sentarte en silencio, como hacen algunos practicantes. Pero en la medida de lo posible, crea un espacio para la meditación en un rincón de tu habitación, del salón o del despacho.
  • Habilítalo para así no tener que volver a crear el espacio cada vez que quieras practicar, y lo único que tengas que hacer es sentarte y empezar.
  • Si lo prefieres, decora el espacio con objetos e imágenes que “te inspiren”.

Encuentra tu modo de sentarte

  • Trata de sentarte de una manera que te permita permanecer erguido, aunque relajado y cómodo al mismo tiempo.
  • La postura correcta favorece el estado de vigilia, instila un sentido de dignidad y facilita el flujo de la respiración desde la nariz hasta los pulmones, pasando por la tráquea.
  • Puedes sentarte sobre un pequeño cojín, llamado zafu, o sobre un banco de meditación. Una silla con respaldo también sirve. Puedes experimentar con los tres, o bien ir alternando entre ellos, dependiendo de cómo se sienta tu cuerpo.

Busca otras formas de apoyo

  • Recibir orientación de un experto en meditación puede ser valiosísimo, ya sea en persona o a través de libros o grabaciones de audio.
  • Sentarse con un amigo o en una comunidad de personas con ideas afines puede ayudar igualmente a respaldar y a dinamizar tu práctica, con sus inevitables altibajos.

Aparta todo juicio

  • El hecho de tener demasiadas expectativas y juzgarse a uno mismo conduce directamente a la frustración.
  • En cambio, recuerda que no se trata de llegar a ningún sitio en particular, sino más bien de volver una y otra vez adonde ya estás.

Sé amable pero constante

  • La meditación requiere voluntad, pero esforzarse demasiado puede ser contraproducente.
  • Busca el Camino Medio, que Buda describió con una metáfora sobre las cuerdas de un laúd: para producir música, estas no pueden estar ni muy tensas ni muy flojas.
  • Otra manera de pensar sobre esto es siendo amable con uno mismo, pero, sin detenerse.

Recuerda tu propósito

  • ¿Para qué decidiste practicar el mindfulness? ¿Para encontrar paz mental? ¿Para estar más presente con tus pacientes, tu pareja, tus amigos o contigo mismo? ¿Para traer más sabiduría y compasión al mundo?
  • Tener presente el objetivo puede ser una poderosa fuente de motivación, especialmente cuando uno se siente perdido, confundido o desanimado.

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